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El
caso excepcional del pianista David Helfgott cuando tocó en Miami ,
1997
Por Luis Felipe Marsáns
Cuando
uno lleva su vida dedicada a la música clásica, y ha tenido la oportunidad de
escuchar en concierto vivo a los más grandes y virtuosos artistas del mundo --solistas
de todos los instrumentos, directores excepcionales y las más grandes orquestas
de todos los continentes--, le parece que lo ha visto todo ya: pero no fue así.
Un viernes de septiembre, del año 1997, asistí a un espectáculo único, en el
“Dade-County Auditórium”, de Miami, que si bien era impresionante desde el
punto de vista humano, en el campo
puramente musical, conmovía fácilmente, en lo que pudiera calificarse como un
capítulo fuera de lo imaginable, cuando el pianista australiano David Helfgott
interpretaba un concierto que quedó grabado en los anales de la historia
de este lugar.
David, como le llamaron sus más cercanos, representó aquí y donde quiera que
estuvo, el caso psiquiátrico de una persona trastornada por los abusos que
sufrió en su infancia --en medio de su formación como ser humano y como
artista excepcional del piano--, tan singular y humanamente atractivo, que la
cinematografía lo escogió como argumento de la pelcula Shine,
por la que su nombre trascendido luego mucho más, después de ser
premiada por la la Academia.
Pero el músico, que se posesionaba sobre su mente de manera desigual a la del
hombre común --más cercana a la
de la de un niño que la de un
adulto de 49 años que contaba entonces--, representó una verdadera revelación,
demostrando cómo ésta manifestación divina que es el arte, puede crecer, por
arriba de deformaciones del carácter.
Describir su conducta escénica y ademanes físicos no hubiera sido fácil sin molestar la sensibilidad de alguien, especialmente
por sus movimientos corporales, lo
mismo en el piano que fuera de éste,
o como cuando a la hora de saludar
al público, movía sus extremidades superiores de atrás hacia delante, fuerte
y repetidamente, mientras que se
sonreía sin parar, como un niño que
ha hecho una travesura cualquiera.
Sin embargo, esas mismas manos se posaban sobre el teclado con firmeza y soltura
de movimientos, desde que comenzó con la Rapsodia Húngara, No. 2, de Liszt, en
cuya ejecución comenzó a verse lo singular de su comportamiento, no sólo
exhalando el aire como si estuviera haciendo una fuerza muy grande, sino también
en su constante conversación con el piano, que se escuchaba perfectamente en
las primeras filas del teatro, cuando no se percibía a través del movimiento
de los labios.
En lo que a la interpretación puramente se refiere, en la
Sonata del Patriarca, del mismo Liszt, Helfgott no sólo manejó las
dificultades técnicas de semejante pieza sin amedrentarse, sino que le impuso
un carácter glorioso, levantando el brazo derecho como en señal de victoria,
mientras que tocaba con la mano izquierda. Otra característica de Helfgott fue
su constante canturreo, unas veces a contrapunto de la melodía, y otras al unísono
con ella.
Sobre la onda de Liszt --que parecía
gustarle sobremanera al artista--, la
Sonata Danté fue uno
de los momentos más afortunados del recital entero, demostrando una coherencia
impresionante, siempre de memoria, aunque ocasionalmente
errático; pero, después de todo, no son muchos los pianistas normales
que no actúan así de vez en cuando. Y en la Rapsodia Húngara
No. 6, volvió a demostrar su dominio instrumental, al final de la
primera parte del programa.
El recital tuvo un final muy feliz al dejarse escuchar David Helfgott en la
Sonata No. 23 (Appassionata), de Beethoven, porque fue ahí donde el pianista
demostró con mayor excelencia su control sobre una obra
larga y de envergadura, tocada con enorme sensibilidad, aunque al
comienzo del segundo movimiento, le
dio un carácter ligeramente sincopado --casí como en el jazz--, reforzando el
cambio de ritmo con el pedal derecho. Pero
el final, tocado igualmente con imaginación, fuera del convencionalismo de la música
escrita, fue emocionante, por la
pasión y cadencia que le impuso.
Y conforme al formato del recital de piano, no faltaron en el programa varias piezas de "encore",
que incluyeron “Souvenir de Andalucía”, de Gottschalk;
Danza del Fuego, del español Manuel de Falla; y la Danza de las Espadas, de Khachaturian; ejecutadas todas con ardor, antes de
que el intérprete estallara de alegría, emocionado por la grandiosa ovación
del público que colmaba el teatro, puesto de pie, en sus dos pisos.
En resumen, yo me atreví, al final del programa, a calificar a Helfgott como un virtuoso nato, no sólo por su
interpretación, que ví y oí, sino también porque fue casi
inconcebible que después de pasar por todo lo que perturbó su vida --y
su mente--, todavía él era capaz
de tocar como lo hizo, "Brillantísimo", el nombre de
su disco compacto lanzado por aquellos días, que, casualmente, contiene
algunas de las piezas del recital,
además de otras de distintos compositores, incluyendo a Rachmaninoff, cuyo
Concierto No. 3 (grabado en otro volumen que también he escuchado), es el
ejemplo más elocuente de la calidad de este pianista
australiano, nacido en Melbourne, en 1947, que salió de la tutela psiquiátrica
en 1984, para triunfar en las salas de conciertos de
todo el mundo, como lo hizo en
Miami.

DAVID
HELFGOTT en la cubierta de su volumen “BRILLANTISIMO”.
Las vinculaciones psiquiáticas con la música clásica, según
los analistas
Por
Luis Felipe Marsáns
El avance de la tecnología moderna en el campo de las grabaciones de música
clásica es algo realmente digno de observarse detenidamente, pero más aún, de
conocer sus posibilidades desde el punto de vista psico terapéutico, como lo
revela al estudiar la vida y obra de Robert Shumann, el doctor Richard Kogan, un
psiquiatra que a la vez interpreta
el piano con marcado virtuosismo. En el primer volumen de una serie de DVD’s,
titulado “Robert Schumann, su vida y su obra”, el doctor Kogan
ha iniciado una singular exploración utilizando el
maravilloso arte de la música para comprender y sanar –hasta donde es
posible—a aquellos que padecen de trastornos mentales o desajustes emocionales.
Recuerdo que cuando yo era niño, me asombraba la posibilidad de
escuchar a una orquesta sinfónica tocando la "Pastoral",
de Beethoven, mediante el primitivo tocadiscos activados por una cuerda.
El disco a que me refería yo, rodaba a 78 revoluciones por minuto, y era
activado en sus vibraciones por la aguja de un fonógrafo, que,
por otra parte, había que estar cambiándola con bastante continuidad
para evitar que ella rayara su superficie, y, al mismo tiempo, conseguir que
sonara lo más adecuadamente posible, dentro de su pobreza congénita, en
comparación a tecnologías más avanzadas.
Los cambios no se hicieron esperar, y fue en esa evolución donde
encontramos la maravillosa tecnología de nuestros días. Es decir que después
del acetato de 78 revoluciones, llegó el plástico, de 45 revoluciones por
minutos, bastante pequeño en sí, pero agrandado en tamaño por el hueco
central --de manera de impedir que el círculo no llegara a cerrarse tanto al
paso de la aguja--; y con ello, los amplificadores fueron mejorando su capacidad
de reproducir sonidos a un nivel de calidad razonable.
El gran salto, parecía entonces, el disco de vinilo de larga
duración, que todavía existe, aunque su producción ha ido sucumbiendo con los
adelantos posteriores. Confieso que uno de mis entretenimientos favoritos es
grabar en casetes, piezas raras o únicas, para escucharlas en mi automóvil. El
casete, por cierto, fue algo que vino
a llenar una gran necesidad, ofreciendo la posibilidad de escuchar música
grabada en automóviles, botes y en los primeros equipos personales que
surgieron a la sazón para esos que les gusta ir corriendo por
las calles para bajar de peso, mientras que escuchan su música favorita.
Coincidentemente al casete, hubo un sistema llamado de cuatro
bandas de rodaje continuo, convertido luego en ocho bandas, que también pasaron a la historia, pero llenaron una
época muy buena para los amantes de la música de todo tipo, pues
cualquiera podía escuchar sus piezas favoritas en su automóvil.
Pero tampoco fue tan simple. Antes de que todo esto ocurriera, surgió,
en el mismo disco de vinilo de larga duración a que me refería antes, con un
diámetro de 12 pulgadas, la
llamada Alta Fidelidad. Consistía en grabaciones realizadas usando consolas tan avanzadas,
que todavía sus resultados compiten hoy en calidad, mucho más las de sonido
estereofónico, que vino después a añadirle a la sonoridad de la grabación,
la dimensión que ocupaban los diferentes instrumentos en la escena musical.
Dejando fuera un primitivo disco RCA de sonido e imagen para películas
(eso es ya otra historia), que fue
descontinuado en poco tiempo, viene en orden
el “Laserdisc”, que en su forma resembla al disco de vinilo de
larga duración --con la abertura más grande en el centro--, pero en su
exterior es plateado y tiene grabadas, en ambas caras, el concierto con música
e imagen, o la película, si es el caso, con una calidad de sonido y nitidez de
la imagen tan aparentemente perfectas, que parecía que ahí quedaría todo.
Pero no.
El mercado se ha transformado completamente otra vez con
la aparición del "DVD", que
ya conocemos ampliamente, como una compacto de tamaño, pero
capaz de agrupar, en ese tamañito, una película completa con sonido
espectacular de cinco canales, una precisión que llega casi a lo real en su
visibilidad; y elementos adicionales, como son historias secundarias de la
filmación, o un segundo o tercer idioma.
Pero lo que me anima a volver a escribir sobre un tema que he
tratado anteriormente, es la unión de lo artístico, lo técnico y lo
científico, para hacer de lo que comenzó siendo el entretenimiento
sonoro de antaño, desde sus primeros pasos, hasta alcanzar la brillantez de hoy,
parece ser ahora un instrumento curativo también, como lo plantea
el doctor Richard Kogan, en su doble condición de médico de la mente y
de intérprete musical, a través de su serie “La música y la mente”,.
Tras ejecutar con sus propias manos las principales obras para
piano solo de Robert Schumann, y analizar lo que ellas reflejan en los diferentes momentos de la tormentosa vida del
compositor -–que incluso lo llevaron en ocasiones a intentar suicidarse--, el
doctor Kogan afirma que la música es un elemento importante en el saneamiento
de aquellos que padecen de
problemas mentales, y dice que “como
terapista psiquiatra, ha podido comprobar como algunos de sus pacientes han
mejorado notablemente oyendo música”.
“Estoy seguro de que Schumann trató muchos remedios pero que
también había que tomar en cuenta
el hecho de que en sus tiempos no
existía la ayuda de los medicamentos modernos”, dijo. Pero agregó que
investigacioness modernas han demostrado que combinando la farmacología
con la música, “se pueden mejorar los trastornos psiquiátricos”.
“Parte de la estrategia es tomar en cuenta que hay pacientes
que no tienen el talento de otros, pero todos ellos siempre podrán ser
ayudados, aunque no
tengan talento musical”, alegó el psiquiatra, en la sección comentada
del mismo DVD. Sin dudas, este
primer disco, que podríamos denominar clínico, para diferenciarlo de los
puramente musicales, aporta información interesante para los que quieren ir un
poco más allá de su simple disfrute, conociendo la vida de sus compositores.
El médico expresa, por otra parte, que no todo compositor tiene que
estar necesariamente desequilibrado, pero dice que ha sido evidente que grandes
figuras como fueron Tchaikovsky, Beethoven y, quizás, Mozart
y Rachmaninoff puderon tener
problemas mentales; pero dijo que Schumann es el más definitivo entre
los seres creativos, “especialmente por sus constantes depresiones” y porque
llevaba un diario sobre sus emociones. “Me he sentido torturado por la
melancolía”, escribió el compositor en su diario, sin contar sus intenciones
suicidas, y de provenir de una familia donde abundaban las perturbaciones
mentales, desde su madre hasta su hermana, quien se suicidó siendo joven.
Pero lo más asombroso es que en la época que Schumann
vivió, explicó el psiquiatra, el diagnóstico que hoy se le daría, ni
siquiera era conocido; y solamente lo consideraba
como “uno de esos locos autores románticos”. Otro elemento sorprendente es
que Kogan calificó “Carnaval” –considerada la primera
pieza importante de Schuman--, como una pieza que demuestra que él no estaba,
lo que hoy conocemos bulgarmente como bien de la cabeza. El DVD en cuestión, de
matrícula KMMVIDEO-Yamaha, es además un obra de arte y de ciencia a la vez, en
la medida que el Dr. Kogan interpreta impresionantemente, una buena
parte del repertorio de Robert Schumann, y analiza cada pieza, tomando en
cuenta la época en que la compuso.
Y, por supuesto, una parte sus anotaciones más fascinantes
recaen en las relaciones entre el compositor alemán, su esposa –la
gran pianista Clara Schumann—y el también célebre compositor
Johannes Brahms. Finalmente, el Dr. Kogan dice en el DVD, que la música
es lo más apropiado para que las personas creativas que se encuentren en medio
de trastornos mentales, puedan sanarse; y agregó que “eso es precisamente lo
que yo trato de hacer en este trabajo”.
El
presidente Jimmy Carter con periodistas de Miami
Esta gráfica de
1980 recoge un hecho significatico y sin precedentes, cuando un
presidente de Estados Unidos --Jimmy Carter-- convocó por primera vez en la
historia a los periodistas de origen cubano, de los medios de comunicación
en español de Miami, a una conferencia de prensa, para intercambiar ideas sobre
el éxodo cubano del Mariel, que estaba teniendo lugar en esa época, y que
trajo a más de 120,000 residentes de la Isla a las costas de la Florida. La
foto (tomada por Alex Gort) y publicada en Diario Las Américas, muestra al
Primer Mandatario estadounidense saludando a Luis Felipe Marsáns, que
representaba a ese periódico en semejante acontecimiento, entre otros colegas
de distintos medios.
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