Atlanta sigue  estando al frente entre las orquestas sinfonicas  de EE.UU.

Por Luis Felipe Marsáns

Todos los que conocen bien esta materia saben cuáles son las grandes orquestas de Estados Unidos, pero la Sinfónica de Atlanta demostró en su presentación de marzo de 1996, en el Dade County Auditorium, de Miami, que está  igualmente a la cabeza de las principales  del país, en un programa colmado de la más subyugante música,  tanto del período romántico como del pasado  Siglo XX. Pero también  hubo en esta velada  otros factores  que son dignos de destacarse, aún en la perspectiva de la distancia en la fecha.

Como, por ejemplo, cuando el pianista Tzimon Barto interpretó el "Concierto Número Tres" de Prokofiev, haciendo gala de una técnica instrumental muy depurada, y, más que todo, de una entrega pasional a esta música  que demanda, en medio de su carácter disonante, una gran condición emocional del intérprete, lo mismo en los pasajes melódicos, que  en el Allegro, ma nontroppo del último movimiento, con cuya ejecución, él levantó al público de sus asientos.

Nativo de la Florida, Tzimon Barto  es uno de esos intérpretes  capaces de acometer  con acierto las más difíciles composiciones para el teclado, no sólo por su dominio  técnico, sino igualmente por su  capacidad artística para transmitir las ideas,  haciendo sonar el instrumento con vigor cuando es preciso, y dulcemente lírico en el fraseo de los tiempos suaves.

Barto ha sobresalido en los predios internacionales desde su que Herbert von Karajan lo invitó al Festival de Salzburgo --poco antes de fallecer aquél--; habiéndose destacado su trabajo y virtuosismo en la obra de casi todos los compositores, tocada junto a orquestas de la magnitud de la Sinfónica de Francia, las de Londres, Berlín, Checoslovaquia y Francfort, en Europa; así como las de  Chicago, Filadelfia, y San Francisco, en   Estados Unidos.

Y  Yoel Levi, quien dirigía la Sinfónica de Atlanta en aquel entonces (desde 1988), no estuvo menos sobresaliente, haciendo también honor a su reputación y trayectoria de director consagrado en casi todas las latitudes del Orbe. En Miami, él inició su programa conduciendo graciosamente la Marcha y el Scherzo de "El amor por las tres naranjas" (Love for Three Oranges), de Prokofiev;  pero su participación al frente de la orquesta cobró una intensidad mayor en el acompañamiento del concierto Número Tres, del mismo autor, donde no sólo él ofreció un apoyo excelente al solista, sino que manejó muy bien los tiempos y la dinámica de la obra.

Sin embargo, su más grande aportación a la velada llegaría con la Sinfonía Patética, No. 6, de Tchaikovsky. Interpretada por el director de manera espaciosa desde el planteamiento sombrío del tema de la madera en el primer movimiento --Adagio--, el Allegro non troppo que le sucede emergió en seguida dramáticamente en la plenitud de sus clímax, con marcado énfasis en los violines, incisivos en la exposición y desarrollo del tema principal.

El tercer movimiento --Allegro molto vivace-- fue un gran apogeo orquestal, por su carácter propio, en tiempo de marcha y frecuente empleo del bombo y los platillos, de manera que, como casi siempre ocurre, provocó que la audiencia rompiera la formalidad de permanecer callada hasta el final, con fuertes aplausos.

Pero donde quedó tácitamente expuesta la sensibilidad de este director --nacido en Rumania y  musicalmente formado en el Conservatorio de Tel Aviv, Israel--, fue en su acercamiento al Adagio lamentoso, del final de la obra. En sus últimos compases,  cuando suena el gong tras la desesperada elaboración  temática de los violines, el director se volvió hacia la sección de violonchelos --como envuelto en un trance--, que bajo su comando comenzó a apagarse en su fraseo, secundada por el pizzicato de los contrabajos --también disminuyendo en intensidad--,  hasta terminar la obra. Realmente: Patética.

excepcional velada de la nueva orquesta Sinfonica de rusia

Por Luis Felipe Marsans

Muchos y muy buenos han sido los programas con sinfónicas de fuera que hemos tenido la oportunidad de escuchar,  dentro de la serie "Sanford Ziff Prestige", de la "Asociación de Conciertos de la Florida", en el miamense Dade County Auditorium;  pero el correspondiente al último  miércoles de abril, de 1998, con la Orquesta Nacional de Rusia, tuvo características excepcionales.

Integrada por obras de tres compositores, la velada tuvo una verdadera autenticidad musical, imbuida de ese espíritu esencialmente  romántico de la Rusia antigua, que nada tiene que ver con el sistema político que aisló sus fronteras de Occidente durante setenta año.

 Por ejemplo, en los poemas sinfónicos "Tres cuentos de Hadas", de Anatol Liadov --compositor nacido en St. Petersburgo, que fuera discípulo de Rimsky-Korsakov, y maestro de Prokofiev--, el elemento folklórico que dio origen a la escuela nacionalista de "Los cinco", a la que perteneciera Glinka, entre otros,   estuvo presente en toda su magnitud,  interpretado con una sublime melancolía y  marcada dulzura en cada caso: "Baba Yaga", "El Lago encantado", y "Kikimora".

Menos reconocido en la actualidad que los grandes colegas de su época, Alexander Glazunov legó un concierto de violín --que fue el plato central de esta velada--, en cuya ejecución Gil Shaham exhibió sensibilidad y dominio instrumental al mismo tiempo, especialmente en el "Alegro" del fínal.

 En una sociedad moderna y sofisticada, que cada día se adentra más en la formación musical, y en la que el talento ha ido proliferándose a  radudales en  todo el mundo, Gil Shaham, con sólo 26 años de edad,  es otro de los ejemplos a que yo hacía referencia no hace mucho, habiéndose ganado un lugar muy alto por su virtuosismo interpretativo y perfección técnica, tras su debut de 1981 con la Orquesta de Jerusalén. Su aparición en  Miami, no solamente fue virtuosa, y clara en el tratamiento de los armónicos dispuestos por  Glazunov, sino también imaginativa en la elaboración de la cadenza. 

 Pero si la primera parte del programa de la Orquesta Nacional de Rusia fue deliciosa, su ejecución de la  "Sinfonía No. 5 de Prokofiev" tuvo un carácter sumamente espectacular. Al comando de Mikhail Pletnev, su director permanente, y músico de gran estatura de por sí --quien como pianista ganó el Concurso Internacional de Tchaikovky en 1978--, el gigantesco ensamble sonó a la altura de las circunstancias, perfecto acoplamiento y precisión en los pasajes solistas de las diferentes secciones.

El "Andante" que presenta la idea central fue espacioso y convincente, con una aportación incisiva y vibrante de la sección de cuerdas; y la imponente intervención de los instrumentos percusivos que, desde el redoblante hasta en gong, le acentuaba resueltamente el color a la composición.

 En el rítmico segundo tiempo --un "Scherzo" al que se le ha dado el nombre de "Allegro marcato" por su contraste en el trío--, fue otra demostración de las posibilidades de esta orquesta, gigante en tamaño, y con una musicalidad impresionante en  la ínterprelación de sus secciones; y en el "Adagio" del tercer tiempo, se dejó traslucir su profunda meditación, de trágico sabor y, sin embargo, la sensación de quietud de un momento de reflexión.

 A pesar de que la obra sinfónica de Prokofiev proviene de la tradición melódica del romanticismo, su elaboración varía notablemente, sobre todo porque él corresponde ya a una escuela más avanzada, donde urge el carácter disonante de la expresión musical. Además, su incapacidad de conciliar sus ideas con las de la  revolución comunista --por lo que vino a vivir a América--,  probablemente hayan sido determinante de un carácter distinto y desarraigado.

 Pero su Sinfonía No. 5 concluye felizmente, con una  orgía sonora del cuarto movimiento de esta obra no tiene nada que ver con lo que el maestro Pletnev y la Sinfónica Nacional de Rusia desplegaron con un virtuosismo orquestal logrado pocas veces en esa magnitud,  preciso el tiempo,  brillante el cuerpo de violines y cristalinos los de la madera y los metales, sin contar la aportación de la amplia gama de instrumentos percusivos que el compositor emplea con toda elocuencia expresiva.

 La Orquesta Sinfónica Nacional de Rusia, por otra parte, es la primera organización de su tipo formada en el país, en 1990,  fuera de la tutela gubernamental, tras la caída del sistema soviético, empleando a músicos de gran experiencia, consagración y virtuosismo del país. Uno de los elementos más admirables de su ejecución de conjunto fue el acoplamiento, disciplina y calidad logradas en  sólo ocho años, además de la sensible musicalidad que caracterizan sus programas. Lo que nos lleva a admitir que el maestro Mikhail Pletnev, no sólo es un virtuoso del piano, como lo demostró en la competencia de Tchaikovsky, cuando ganó, sino también en el pódium, al que subió, para quedarse, en 1980.

  Aprendiendo a conocer los instrumentos de la orquesta

  Por Luis Felipe Marsáns

  Desde hace muchos años hubo ediciones de discos destinados a darles a conocer a los aficionados a la música clásica, tanto como  a los estudiosos, cuáles eran los instrumentos que integraban una orquesta sinfónica, con ejemplos de cómo sonaba cada uno de ellos, las épocas en que fueron surgiendo y cómo, a través de los años, la familia de voces instrumentales del concierto fue agrandándose debido a partituras que exigían nuevas aportaciones correspondientes a las composiciones, hasta llegar --como lo predijo Stokowsky en su libro "Música para todos nosotros"--  a los instrumentos electrónicos, de los que fueron principales  exponentes, el llamado “sintetizador” y la guitarra eléctrica.

  Sin embargo, la compañía de discos "Naxos" incorporó hace un tiempo a su catálogo un ambicioso proyecto en este sentido, con siete discos compactos y un libro explicativo, titulado en inglés,  "The Instruments of the Orchestra", con ocho horas de duración aproximada (8.5580-40-46), que comienza con el violín, desde la época de los compositores famosos del Barroco, y va avanzando por todas las edades hasta llegar a nuestros días, en que las orquestas han llegado a ser gigantes, para responder a partituras como son las de Ricardo Strauss, Gustav  Mahler y  Anton Brukner, por citar algunos.

  Obra del musicólogo Jeremy Siepmann, quien además de escribir los textos explicativos, los narra con  perfecta dicción del idioma inglés y vasto conocimiento de los cambios históricos que dan lugar a las  demandas de instrumentos diferentes  --tocados indistintamente con arreglo a cada época--, el volumen de siete parte, como dije antes, es  lo más avanzado como lo veo yo, para aquel que no sólo quiera disfrutar de la música, sino que esté interesado en saber cómo ella fue surgiendo en las diferentes épocas, marcadas claramente en la cronología,  que propició  la música de Monteverdi y de Vivaldi, hasta llegar, en el siglo XX, a las obras de Ricardo Strauss, que, valga decir, no tiene nada que ver con el otro Strauss, de los valses.

  Siepmann, por cierto, utiliza en su narración un lenguaje refinado, como cuando, al hablar del violín como cuerpo fundamental de la orquesta  en cualquier época, lo califica con "la ternura" que  emana de su sonido, desde la antigüedad hasta nuestros días; igualmente interesante en su comparación del mismo instrumento tocando la música de Stravinsky, "en que se vuelve diabólico".  Y luego se refiere a cómo susurra, al igual que un pájaro, en uno de los cuatro concierto que conforman "Las Cuatro Estaciones",  de Vivaldi.

  En los cuatro primeros discos, el profesor  analiza, además  del violín por sí sólo, como éste se relacionan  con las cuerdas de registro más bajo, la madera y los metales, hablando elocuentemente. Entre los ejemplos musicales que aporta, se refiere igualmente a la importancia de la trompeta, diciendo, en una   bonita imagen: cuando ella habla, atrae la atención del oyente, con respeto y jerarquía, particularmente si se junta  a los instrumentos de percusión, como ocurre en la "Fanfarria para un hombre común", de Aaron Copland.

Los otros tres discos compactos están destinados a la familia de instrumentos de percusión y a la orquesta sinfónica en general, en la que todos ellos se interrelacionan. Verdaderamente, esta realización de la compañía "Naxo" aporta a la pedagogía musical y al desarrollo cultural de todos, en términos de música culta, un elemento de incalculables proporciones, que, aún más allá del disfrute musical, servirá siempre de orientación en el futuro a todo aquel interesado en conocer la génesis de la música de concierto y su desarrollo histórico hasta nuestros días; y de aprender, al mismo tiempo, detalles excepcionales de la creación musical artística.

  Y como  complemento, me complace agregar aquí unos comentarios sobre varias realizaciones en discos compactos clásicos, que servirán al diletante para  comprobar lo establecido en el estudio anterior, como ejemplo de los valores musicales  respecto a lo que cada una de  las voces instrumentales significa dentro de la composición del conjunto.

  Por ejemplo, si usted es amante de la música gitana, hay una  realización del de  Cuarteto Gilles Apap  (Los muchachos de Transilvania), en el volumen  SK 62374, de la  Sony Classical, que  sobresale porque se trata de una colección de piezas cortas de compositores europeos --y de temas tradicionales--,  tocados con virtuosismo instrumental.

  El compendio, que comienza con la  Danza Española No. 1, de La Vida Breve, de Manuel de Falla; pasa después a explorar la obra de compositores como Prokofiev --en su Marcha de las tres naranjas--  y  de Khachaturian, en la  Danza de los Sables,  del ballet  Gayane;  además de ofrecer otras interpretaciones interesantes, como son las  Csárdás,  de Monti; y el  Vals Triste,  de Ferencz, entre otros.

  Pero tal vez su mayor dramatismo esté en las ejecuciones de música tradicional de varias épocas, en las que se acentúa especialmente el carácter  gitano del volumen. Gil Apap, en el violín (y Los Muchachos del Transilvania); Jean-Mark  Apap, en la viola; Chris Judge, en la guitarra y Brendan Staton, en el  contrabajo, ofrecen en esta realización algo verdaderamente delicioso de escuchar.

  De otro lado, el Concierto para Orquesta, de Bella Bartók --que es una de esas obras,  siempre favoritas de todo el mundo--, es objeto de otro lanzamiento de la citada compañía. Ocurre que se trata de una de las mejores composiciones del repertorio del  siglo XX, rica en su partitura y, por otra parte, el mejor ejemplo de lo que tratamos respecto al sonido de cada instrumento.

  En esta   realización a que me refiero, en el mismo sello Sony,  el  Concierto para Orquesta emerge como  lo que puede calificarse de verdadero logro, por la claridad con que suenan los metales y la madera, así como el resto del ensamble, en parte, gracias al sonido digital. Pero además, por la formidable asociación entre el director finlandés, Essa-Pekka Salonen y la Orquesta Sinfónica de Los Ángeles.

  Con el número de catálogo SK 62598, el disco compacto  contiene igualmente la "Música para Cuerdas, Percusión y Celesta" --otra de las grandes composiciones de Bartók--, donde director y músicos  acentúan  todo el misterio, de su primer tiempo; y su colorido y dramatismo en los otros movimientos.

  Otra grabación que viene a sumarse a las muchas existentes --justificadamente-- es la de  la  Orquesta Filarmónica de Berlín,  bajo la batuta de Claudio Abbado, interpretando la Novena Sinfonía de Beethoven, junto a la soprano Jane Eaglen; la mezzo-soprano Waltraud Meier, el tenor Ben Heppner, y el bajo barítono Bryn Terfel; además del  "Coro de la Radio Sueca"  y el "Coro de Cámara de Eric Ericson", conducidos por el maestro Tonu Kaliuste. El disco (SK 62634), que dura 66  minutos,  está impregnado de un puro sabor beethoveniano, en su espacioso tercer  movimiento, y en el gran carácter expresivo del cuarto.

  Así también, la Sinfonía con Órgano, No. 3, de Camille Saint-Saèns, cobra vida estupendamente en la  grabación digital de la  Sony  (SK 53979), bajo la batuta del maestro Lorin Maazel al frente de la  Sinfónica de Pittsburgh,  junto al organista Anthony Newman, de larga trayectoria y justificada fama. He aquí otro magnífico ejemplo de cómo los instrumentos, ligados al órgano, crean un ambiente único en el campo de la música sinfónica.

  El volumen cuenta, además, con otras tres piezas del francés, en su magistral estilo de orquestación: la    Danza Macabra,  la  Bacanal,  de la ópera  Sansón y Dalila  (tercer acto), y  Phaéton,  Opus 39, la obra menos conocida de todas las que se agrupan, pero de  no menos importancia.