|
Lea
abajo lo que escribí cuando desapareció la voz más alta de Italia desde la época
de Enrico Caruso
Luciano
Paravortti tenía 71 años al morir

música de Orbón,
Villa Lobos y otros compositores de
España e Iberoamerica
Por
Luis Felipe Marsáns
Las
"Tres Versiones Sinfónicas", del fallecido compositor Julián Orbón,
han vuelto a cobrar vida en un disco compacto recientemente editado por el sello
"Naxos", de música clásica, en lo que constituye una mirada
retrospectiva a la música sinfónica de Cuba republicana, interpretada por la
"Orquestsa Sinfónica del Principado de Asturias", bajo la batuta de
Maximiano Valdés, un director nacido en Chile de padres españoles, al que
hemos visto en muchas ocasiones conduciendo la "New World Symphony",
de Miami.
Nacido en Avilés, España, Orbón se fue a vivir a Cuba con su familia siendo
casi un niño, y, empapado de las costumbres y encantos de la isla caribeña, se
convirtió en un cubano más por naturalización, de lo cual vivía orgulloso,
según me dijo durante una entrevista en Miami, poco antes de morir, a finales
de la década de 1900. Su música, sin embargo, fue una mezcla de los diferentes
aires que rodearon su vida, y su repertorio --como lo prueban esta Versiones
Sinfónicas-- fue altamente intelectual y digno de ocupar un lugar primordial en
las composiciones del Siglo XX.
En la primera de éstas --Pavanna--,
se pone de manifiesto una influencia innegable de Aaron Copland, quien
fuera su maestro de composición; mientras que en la segunda --Organum--,
sobresale un trasfondo gitano de particular encanto. Y el embrujador ritmo folklórico
de la Cuba colonial aparece con toda su riqueza en la tercera --Xilófono--, con
un colorido folklórico comparable
al de la "Sinfonía India", del mexicano Carlos Chávez, o, tal vez,
al "Malambo" de la Suite Estancia, del argentino Alberto Ginastera.
El disco (8.557368), de excelente calidad digital en la reproducción de los
sonidos, contiene también sus "Danzas Sinfónicas" (no deben confundirlas con las "Versiones Sinfónicas",
de que hablo anteriormente), de alegre obertura
--donde todas las secciones de la orquesta participan resueltamente, con
particular énfasis en los metales--; seguida de "Gregoriana", en la
que aparece nuevamente la
influencia de Copland; y "Declamatoria", con una grandiosa enunciación
que da paso a melodías elaboradas entre la madera y los violines, y que luego
se repiten sobre la profundidad sonora
de los contrabajos, hasta llegar a un final de altas proporciones, en el que
colabora la percusión, hasta que la música se apaga del todo.
La "Danza Final", de
brillante colorido en toda la orquesta, alegre y criolla, emerge con brío
poniendo término a la obra, en la admirable interpretación de la orquesta, al
comando de Valdés, que es un gran
maestro del repertorio sinfónico, y un serio divulgador de la música de España
y Latinoamérica. Es curioso señalar que estas "Danzas Sinfónicas"
se estrenaron en Miami en 1957, tocadas por la "Orquesta Sinfónica de la
Universidad de Miami", dirigida por Heitor Villa-Lobos, el gran compositor
brasileño, y entrañable colega de Orbón.
En medio de estas dos obras a que me refiero, aparece también en la grabación
el "Concierto Grosso" que Orbón escribió para cuarteto de cuerdas y
orquesta, incluyendo la colaboración de Alexandre Vassiliev y Héctor Corpus
Aguilar, en los violines; Oleg Lev, en la viola; y Vladimir Atapin, en el
violonchelo. El primer movimiento
de esta composición
es otro logro de la carrera de Orbón, poniendo en juego el trabajo de
la orquesta junto al del cuarteto, con plena libertad armónica entre
unos y de otros, y la reiterada aportación
de instrumentos de percusión --platillos y redoblantes--, a pesas de estar
marcada la partitura como "Moderato".
El segundo es un tiempo
"Lento" de ejemplar belleza, melancólico si se quiere, pero sin dejar
atrás el fuerte resonar de la
orquesta. En otros momentos de la pieza, el fraseo melódico es entonado dramáticamente
por las cuerdas del cuarteto,
dominando la composición, ocasionalmente
reforzada por los instrumentos de viento. La obra concluye
con un "Allegro", muy expresivo, que arranca del piano y los
violines hasta desarrollarse en la orquesta, donde alcanza
un glorioso final, que hace pensar en la poca justicia que se le ha hecho
a este hombre, que murió en Miami, en 1991, sin que sus obras fueran tomadas
con mayor interés por nuestras
orquestas.
Canción de Cuna", con música para guitarra de compositores cubanos,
tocada por Marco Tamayo, y grabada en Canadá, es otro de los nuevos compactos
de "Naxos" (8.555887), en la colección latinoamericana. El volumen
contiene "El Manicero", de Simon; "El maestro", de Guyún;
"Bahía de Yumurí" y "Guajira a mi madre", de Ñico
Rojas; "Canción y Danza", de Aldo Rodríguez; y "Canción de
cuna", "Zapateo" y "Ojos Brujos", de Leo Brouwer; además
de la "Canción triste", y "Preludio", de Carlos Fariñas; y
de los "Cantos Yoruba de Cuba", compuestos por Hector Angulo, por los
años 40.
De la misma colección de música para guitarra aparece "Tango argentino",
que agrupa números de Astor Piazzolla (8.555721), interpretados por Victor
Villadangos; Música de Agustín Barrios (8.555718) --incluyendo "La
Catedral"--, a cargo de Enno
Voorhorst; y "Música
Latinoamericana para Guitarra" (8.557329), con selecciones combinadas de
Piazzolla, Brouwer y Máximo Pujol,
ejecutadas por la guitarra de
Ricardo Cobo.
Por
otra parte, realizaciones importantes en discos de música clásica iberoamericana y española nutren el panorama cultural de las
Américas en el sello "Naxos", y sus compañías disqueras asociadas.
Por ejemplo, en el volumen 999713-2
del sello "cpo", la
Sinfonía No. 7 del brasileño Heitor Villa-Lobos y su “Sinfonieta
No. 1”, son interpretadas espléndidamente por la "Radio-Sinfonietorchester
Stuttgart", dirigida por Carl S. Clair.
Debe
tomarse en cuenta que ésta es una grabación de trascendencia porque recoge la
aportación a la música sinfónica universal del Siglo XX de un compositor del
país más conocido por la zamba y sus ritmos y melodías populares --sensuales
y exóticas--, pero igualmente rico en manifestaciones sinfónicas.
La
obra de Villa-Lobos, según demuestra esta Séptima
Sinfonía, alcanza niveles de
alto rango en la orquesta, con la seriedad y calidad de los mejores compositores
de toda la historia. Dos pruebas al canto son
el decidido planteamiento del primer
"Allegro vivace"
de la obra, que emerge resueltamente en toda la orquesta, y la refinada
belleza del "Lento", del
segundo tiempo, elaborado magistralmente
en la madera contra el resto de la orquesta.
Por
otra parte, la "Sinfonieta No.
1" es de un carácter saltarino, con cierto aire de rapsodia en sus
melodías y encanto rítmico; mientras que el "Andante
non troppo" se presenta con una melodía que suena lúgubre al
principio, aunque luego se desarrolla felizmente, antes de llegar a "Andantino", que
recuerda, en los metales, la música de la antigüedad, y prueba el genio de
Villa-Lobos para jugar con los diferentes tiempos de una sinfonía, que siendo
moderna, compite con los más puros elementos clásicos y románticos.
Pero
un magnífico lanzamiento con música de Villa-Lobos que acaba de ver la luz en “Naxos”
(8.557460-62) es el estuche que contiene la colección completa, en tres
discos compactos, de sus famosas “Bachianas Brasileiras”, o sea, la
No. 1 para “Orquesta de Violonchelos”; la número 2, para “Orquesta de Cámara”
(ambas escritas en 1930); y la número 3, para piano y orquesta, ésta,
compuesta en 1938, que ocupan el primero de los volúmenes.
El
segundo disco de la colección, contiene la Bachiana número 4, para
orquesta; la número 5 para soprano y ocho violonchelos –bellamente
interpretada por la voz de Rosana
Lamosa--; y la número 6, para flauta y fagot. En el tercer compacto aparecen
las números siete y ocho, compuestas ambas para orquesta sinfónica; y por último
la número nueve, para orquesta de cuerdas, compuestas
al principio de la década de 1940.
Además
de la soprano citada, aparcen en el elenco interpretativo
el pianistas José Feghali, la “Orquesta Sinfónica de
Naschville”, bajo la batuta de Kenneth Schermerhorn –con
Anthony La Marchina, como primer violonchelista; Erick Gatton, principal
flautista; y Cynthia Estill, la primera fagotista de la orquesta.
Pero
hay también en “Naxos” muchos discos de innegable interés para quienes
gustan de las composiciones clásicas modernas
(clásicas, porque no son populares; y modernas, porque pertenecen a los siglos
XX ó XXI), como el que contiene la
Sinfonía No. 3 de José Serebrier, grabado
bajo la batuta del mismo compositor, al frente de la "Orquesta
de Cámara Nacional de Toulouse", en el sello “Naxos 8.559183”.
El
primer tiempo –Presto-- se inicia con una fuerte exposición,
repetitiva en toda la
orquesta, que deriva en inspirada
melodía, más tarde elaborada en las cuerdas, un poco al estilo de la "Quinta",
de Prokofiev. Luego, Serebrier
explota al máximo las posibilidades de los distintos registros de las
cuerdas.
El "Lento"
del segundo tiempo hace honor
al apelativo dado a la sinfonía (Mística), en
la cuerda grave, con un fraseo reflexivo y
lamentoso, en el que entran
otros instrumentos, haciendo elaboraciones que a veces suenan misteriosas.
El tercero, "Andante
mosso" se manifiesta
como una continuación de la idea fundamental del inicio, con marcado énfasis
en las violas, pero el mensaje sube la intensidad antes de que aparezcan unos "pizzicatos", y el tema es transformado por una elaboración
tumultuosa en la orquesta entera.
La
sinfonía concluye con un llamado “Andante cómodo” manteniendo su aire de
misterio --que impera en toda la obra--, en sensible tema que va recogiendo las
distintas secciones de la orquesta, hasta que aparece la voz
de la soprano Carole Farley, para cantar una melodía con el mismo aire
del comienzo, en un momento de
recogimiento, que conduce felizmente
al final.
En
esta mirada sobre las realizaciones en discos compactos de la música
latinoamericana y española, me complace citar el compacto
"Nota del Sol" (AN 2 9817) que aún
no ajustándose a la música sinfónica,
expone la belleza de interpretaciones concebidas en la singular combinación del
dúo de dos hermanas gemelas --Nidia Labrié, en la flauta; y Annie Labrié, en
la guitarra acústica--; y que
recoge composiciones de Astor Piazzolla, Celso Machado, Erik Marchelie, y Máximo
Diego Pujol, además de otros aires tradicionales de la América del Sur.
Pero
hay otros dos volúmenes auténticamente españoles, en la línea "Naxos",
que pueden ser de primordial importancia para algunos coleccionistas. El
primero de ellos, con el número de catálogo 8.66155, contiene la ópera en dos
actos, "La
Vida Breve", de Manuel de Falla, cantada por un elenco que
integran Ana María Sánchez, Vicente Ombuena Valls, Alicia Nafé, Alfonso
Echeverría, Enrique Baquerizo y María José Suárez, acompañados por la
“Orquesta Sinfónica
del Principado de Asturias”, bajo la batuta de Maximiano Valdés, y
la contribución del "Coro de la Fundación Príncipe de Asturias". En
esta realización hay dramatismo en
el trabajo de los cantantes, pero igualmente, una formidable aportación
orquestal, bien recogida por el sonido digital de nuestros días.
El
otro disco, con el número 8.557801, recoge el "Concierto Pastoral", de Joaquín Rodrigo para flauta y orquesta, estando como
solista Joanna G'froerer. También
aquí, "Dos
miniaturas andaluzas",
para orquesta de cuerdas, del año 1929; el Adagio para instrumentos de viento (1966); y la famosa "Fantasía
para un Gentilhombre", en arreglo para flauta de James Galway, que
interpreta la misma solista anteriormente citada.
En mi
opinión, ninguna de las composiciones de Rodrigo alcanza la profundidad
expresiva y belleza melódica de su "Concierto de Aranjuez" --sobre
todo en su grandioso Adagio; pero no
es menos cierto que la totalidad de su obra representa una excepcional
contribución a la música española
de conciertos con carácter nacionalista, en la que siempre sobresale su genio
creador y fino gusto.
Sin
embargo, “Sevilla”, una realización muy
reciente de la casa disquera “Azica ACD-71224”, nos
lleva al campo de la
guitarra española, excepcionalmente tocada por Jason Vieaux, con las piezas más
sobresalientes del género, a las que le imparta una profunda sensibilidad, además
de admirable dominio técnico del instrumento.
De
origen estadounidense, Vieaux –quien acaba de regresar de una presentación
en Colombia, donde interpretó el “Concierto de Aranjuez”--
se destacó desde muy joven
en su carrera ganando numerosas competencias internacionales, pero tal vez uno
de sus mayores aciertos hayan sido sus
transcripciones propias de la música de Isaac Albéniz para piano, y que
él interpreta con autenticidad española.
Este
disco, de emocionante contenido recoge algunas de esas composiciones, incluyendo
algunas poco conocidas por el gran público, incluyendo sus versiones en piano.
Ella son, además de Sevilla, que le da nombre al álbum, Cádiz, Rumores de la
Caleta, Córdoba, Granada, Cataluña (con profundidad expresiva en la calidad de
sus armonías), el famoso “Tango”, Mallorca, Cuba (muy cadenciosa), Zortzico,
Asturias, Torre Bermeja y Capricho Catalán.
Lo
que escribí cuando falleció la voz más alta desde la época de
Enrico Caruso
Luciano
Paravortti tenía 71 años al morir
Por Luis Felipe Marsáns

El desaparecido
tenor Luciano Pavarotty en una de las muchas entrevistas periodísticas que le
hizo Luis Felipe Maarsáns, cuando aquél venía a cantar a Miami, casi siempre
bajo el patrocinio de la "Asociación de Conciertos de la Florida",
que presidía en aquel entonces la empresaria Judith Drucker.
L
ucian
o Pavarotti,
la voz más alta de Italia y probablemente del mundo entero en el campo de la ópera,
falleció a la edad de 71 años, víctima de un cáncer pancreático del que venía
padeciendo, y que agravó su estado de salud en los últimos meses. Pavarotti,
quien paseó su fama y supremas dotes por el mundo junto a los españoles Plácido
Domingo y José Carreras, individual y colectivamente en el espectáculo “Los
Tres Tenores”, sobresalió al máximo por la calidad y dramatismo de su
entonación –en óperas y conciertos--, y por el color y timbre de su voz, lo
cual se pusieron de manifiesto siempre, desde la primera vez que lo vi cantar en
el “Dade County Auditórium”, de Miami, al principios de sus conciertos
indidividuales de la década de 1970, con la empresaria Judy Drucker.
La vida artística de Pavarotti estuvo estrechamente
vinculada a Miami, donde ocurrió su debut
nacionalmente con su compañía local, llamada entonces ¨Greater Miami
Opera Association¨, que más tarde se convirtió en la ¨Florida Grand Opera¨.
Posteriormente, el gran tenor fue figura asidua de los
programas de la Asociación de Concieretos de la Florida, lo mismo en los Auditóriums
de Miami y de Miami Beach, que, finalmente, en el Robbi Stadium, donde fue,
precisamente, en 1997, su gran presentación del espectáculo ¨Los Tres Tenores¨,
junto a Plácido y a Carreras, bajo la batuta de James Levine.
Por otra parte, Judy Drucker también hizo posible un
gran concierto al aire libre el que ofreció sobre una gigantesca plataforma,
montada junto al mar en la Playa de South Beach, que agrupo a unas 500 mil
personas, entre patrocinadores que pagan fuertes sumas de dinero, y el público
que asistió gratuitamente, aunque en las últimas dos cuadras de Ocean Drive,
en marzo de 1995.
Pero otros ángulos dignos de destacar en Luciano
Pavarotti eran su carácter jovial y sencillo,
y su encanto personal, así como su capacidad para jaranera con el público,
y los periodistas en las conferencias de prensa. La primera vez que conversamos
fue en el entonces pequeño camerino del hoy llamado Jackie Gleason Theater, de
Miami Beach, momento en que cursamos algunas palabras y comentarios sobre el
concierto y otros hechos artísticos, que me sirvieron para escribir una pequeña
entrevista, de la que fue testigo Judy
Drucker, pero de ahí en lo adelante, estas posibilidades de llevarle al
público el pensamiento de este grande de la música operística y napolitana,
fueron repitiéndose, y con ella, cobró vida una amistad que se renovaba en
cada presentación de Miami.
En una de ellas, recuerdo que me sentí en confianza
para preguntarle. Pavarotti, no sé si te gustará esta pregunta, pero el estar
tan gordo aumenta tus facultades para cantar... El hombre no vaciló y replicó
al instiante,
¨No hombre. Estoy gordo porque me gusta mucho comer!. Otro buen recuerdo
que guardo en el terreno personal fue cuando, en una Gala que le ofrecieron
después de terminar una presentación, cuando me acerqué con mi esposa a
saludarlo, unos guarda espaldas quisieron interrumpirnos el paso¨, y él, que
estaba enfrascado en una suculenta comida italiana, se incorporó, y, sin poder
hablar por tener la boca llena, les indicó con la mano que nos dejara pasar.
Tras su
aparición de 1955 en Miami Beach 1955,
el gran tenor estuvo cantando en Sudamérica (Argentina y Colombia),
antes de retornar a Gales, Inglaterrra, para presentarse ante 10,000 personas
que compraron la
totalidad de los boletos para su concierto especial del cuadragésimonoveno
Festival de Llangollen Eistededford
--uno de los más prestigiosos del
mundo--,
y, precisamente, de donde él salió triunfador.
Dedicado a la música coral con especial énfasis,
el Festival en cuestión
hizo posible que el más famoso de sus premiados --y uno de los tenores más
grande de toda la historia-- cantara para una multitud de conocedores y
aficionados, en circunstancias que tuvieron
los mismos visos de victoria que en aquél entonces.
Pero ésto no ocurrió por casualidad. Tibor Rudas, el
dedicado representante artístico del gran tenor,
quien ha organizó sus principales
giras
--incluyendo el Concierto
de los Tres Tenores, desde el primero en Los Angeles, que dirigió
Zujbin Mehta ,
"había tenido siempre la ilusión" de que se repitiera el
espectáculo de 1955 en Gales, donde el entonces
joven Luciano compitiera como un desconocido, junto
a la Coral
G. Rossini, de
su ciudad de Modena, Italia,
saliendo victoriosos frente a grupos similares de otras partes. ¡Y así
fue!
No en balde el mismo Pavarotti me dijo en Miami: "Rudas dice vamos
allá, y yo voy con los ojos cerrados!".
Y como si fuera poco, la ocasión sirvió para que el
empresario reuniera a Pavarotti con su padre, Fernando Pavarotti y a otros
miembros de
la
Coral G. Rossini, por primera vez desde que ellos estuvieron juntos en
aquel glorioso Festival de Llangollen Eisteddfod,
en 1955.
De manera que el acontecimiento
no solamente revistió características de alto valor artístico, sino
otras muy
significativas también desde el punto de vista histórico y sentimental,
reeditando momentos de emotividad entre todos, de tal manera, que sus
resultados hicieron a Rudas exclamar: "Estoy emocionado de haber podido
conseguir el regreso de Pavarotti a Gales; sobre todo porque
ésto corrobora su reiterada afirmación de que su padre fue el mentor de
sus carrera de tenor".
Amante no sólo de su carrera y de su tradición artística
y familiar, sino igualmente preocupado por la formación de nuevos talentos que
continúen en el mañana lo que él ha hecho por el
bel canto, Luciano Pavarotti fundó, en 1980,
la competencia internacional de voz que lleva su nombre; y ya ha
producido más
de 100 talentos para la ópera.
La competencia correspondiente a 1995, que tuvo un capítulo
interesante en la selección de talentos durante su estancia en Miami --coincidiendo,
con su presentación de marzo de ese año--, tuvo su sesión final mundial en
noviembre del siguiente año, en la ciudad estadounidense de Filadelfia.
En una conferencia de prensa celebrada en la suntuosa
Mansión de los Vanderbit, de Fisher Island, Miami Beach, Pavarotti también
dijo que una de las cosas que más le atraían de cantar al aire libre,
era el hecho de que millares de personas pobres podían verlo y escucharlo
gratuitamente.
"Lo he hecho mucho --particularmente en el Parque Central de Nueva York--,
y puedo decir con orgullo que sigue proporcionándome mucha alegría el hecho de
que la gente pobre, que ni siquiera sabe dónde están los teatros operísticos,
puedan venir a verme", sostuvo el tenor, revelando una vez más su
sensibilidad, no sólo para la música, sino también para el ser humano.

Foto de Luciano
Pavarotty que ilustraba el programa que cantó en Miami con Plácido Dpmingo y
José Carreras, en el Dolphins Stadium, bajo el título de "Los Tres
Tenores".
ANTESCEDENTS DE PAVAROTTI EN MIAMI
Un Paravarotti
diferente
El último review que escribí sobre el
concierto de Pavarotti en Miami, en 2002, denotaba algo más que un simple
catarro.
Por
Luis Felipe Marsáns
Nos hemos acostumbrado tanto al gran sonido amplificado de los tenores
tradicionales de esta época, y a la alta tecnología que fabrica cosas que en
realidad no son así --como en los
discos-- , que cuando asistimos a un concierto en vivo con uno de estos
personajes del bel canto, en el
momento en que vivimos, nos quedamos
atónitos de ver y oír cómo son realmente las cosas.
El sábado pasado, todavía en el mes de noviembre del 2002, cuando la
empresaria Judy Drucker y su Asociación de Conciertos de la Florida presentaron a Luciano
Pavarotti en el formato del recital con piano --donde ni siquiera la voz del
solista tiene que luchar contra la inmensidad sonora de una orquesta sinfónica--,
nos dimos cuenta de hasta dónde este fenómeno ha llegado a distorsionar
la verdad de lo que antaño fue un programa vocal, por causa de lo que no era
precisamente ¿un catarro?
El gran tenor italiano sonaba pálido en la intensidad
de sus arias, en total contraposición a como lo hacía en la década de
1960, cuando debutó con la Asociación de
la Opera del Gran Miami; y luego, en su espléndido recital del Dade
County Auditorium, unos años después.
Eso, sin contar que, tal vez deliberadamente, el tenor escogió un repertorio
cargado del Barroco italiano, menos exigente que el de las obras del verismo,
máximo exponente de la ópera de su país. Y cuando se adentró en La
donna é mobile, de Rigoletto,
de Verdi; en su última pieza personal de encoré
(la que puso fin a la
presentación verdaderamente fue el brindis
de La
Traviatta, que cantó con la
soprano invitada), los agudos dejaron mucho que desear.
Por supuesto que el almanaque no realiza sus estragos en la habilidad del ser
humano para desenvolverse en su giro propio, y
de la misma manera que a mí se me olvidan ciertos nombres y fechas
cuando me siento a escribir --y tengo que salir a consultar libros o programas
impresos--, un tenor de esta categoría es susceptible también a la pérdida de
la voz, como lo comprobamos el sábado en su concierto de Miami.
Una cosa sí sigue siendo extraordinaria en este tenor, que con justeza, ha sido
comparado con Enrico Caruso, como el primero de esta época: su calidad y
dominio de la técnica vocal, en cuya entonación se pone de manifiesto siempre
la más pura belleza y hondo sentimentalismo; y si bien es verdad que su
voz no alcanzó esta vez las proporciones de otros tiempos, hay que decir que el
hombre manejó con una maestría grandiosa la entonación de los pasajes y
fraseos piannisimos, sin que una sola
nota dejara de aflorar limpia y clara,
como en el aria Giáil
sole dal Gane, de Alejandro
Scarlatii, compositor que vivió entre 1660 y 1725, y quien cobra su crédito
histórico como uno de los
desarolladores de la ópera, y
fundador de la escuela napolitana.
O sea, que la cuestión no estuvo en que Pavrotti no le impusiera al repertorio
todo el encanto de su voz, sino que escogió para su recital de Miami, piezas
que no le hicieran forzarla, porque pertenecen a una época en que lo requerido
para cantarlas era la capacidad de
entonar, como sólo él lo sabe hacer; y el uso del registro bajo (no bajo de
tesitura, sino de intensidad), aspectos en los que sí se lució
maravillosamente.
El recital contó también con la presencia de la atractiva soprano
Annalisa Raspagliosi, siguiendo una costumbre moderna de los grandes
tenores, mediante la cual, introducen a valores nuevos, mientras que ellos
cantan menos tiempo.
La joven diva, por cierto, hizo un papel satisfactorio, con
potente voz, que a veces (no
exagero) superaba a la del tenor. Entre ambos el recital logró grandes
momentos, como cuando cantaron a dúo un segmento de La Boheme, de Puccini, que en mi opinión fue lo mejor del
programa. Las arias: Che gelida manima (Pavarotti
solo); Si, mi chiamano Mimi (ella
sola), y, O soave ficiulla, que fue el
dueto propiamente.
Otros logros del concierto fueron las dos secuencias de Bellini, a cargo,
indistintamente, de Pavarotti y de la soprano Raspagliosi, en las que ambos
lucieron bien, dentro de las características que mencioné anteriormente, en
todo momento acompañados con tino por el pianista Leone Magiera, un veterano en
esta especialidad, que ha desarollado con grandes cantantes líricos,
siempre con su habilidad y
perfección para hacerlo.
Pero tal vez lo que más entusiasmó al público promedio que asistió a la
velada, fue la segunda parte, donde aparecieron
piezas muy gustadas de Tosti (Serenata,
Luna d'estate y Malia),que cantó Pavarotti con su acostumbrado ángel para
el público --pañuelo en mano-- y su cordial saludo; y las entonadas por
la señorita Rapaglioso (Chausin
de l'adieu; y A vucchella); tanto como luego el tenor atacó con
suerte Non
t'amoo piú y L'ultima canzone.
Fuera de la Donna é mobile, que ya mencioné, y del Brindis de
La Traviatta, cantado a dúo por ambos artistas; vale consignar entre
los encores Mattinata, una melodía refrescante y alegre --de las que de veras
se les pueden llamar inmortales--, y que Pavarotti le imprime siemepre una
hermosa sensibilidad, y su habitual feliz entonación y simpatía para cantarla,
llevándole al público la alegría y autenticidad italiana.
En resumen, el programa de Pavaortti y su invitada (dedicado a los 35 años
empresariales de Judy Drucker) tuvo el encanto que todos esperaban por su propio
valor, pero el repertorio quedó muy
distante de aquéllos que el tenor cantó en sus primeras presentaciones,
mucho menos sensacional de la forma en que los hizo, por supuesto, hace
treinta años, y sin estar enfermo. Se ve que el hombre quiere cuidarse su voz
para poder hacer uso de ella el
mayor tiempo posible, pero, lamentablemente, es muy fácil de entender que él
ha mermado a través de los años, sobre todo oyéndolo cantar en el Gusman
Center, donde cualquiera suena como en ninguna otra parte.
|