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Excelente
concierto de Plácido Domingo y la soprano
Ana María Martínez
Por Luis Felipe Marsáns
Ni más ni menos. El concierto ofrecido por Plácido Domingo en la American Airlines Arena, de Miami, tuvo las mismas características de excelencia que otros espectáculos similares que le han antecedido años atrás. Una furtiva lágrima, de El Elixir de Amor, de Donizetti; E lucevan le estelle, de Tosca, de Puccini; y Lamento de Federico, de L'Arlesiana, de Cilea, conformaron la parte inicial del programa, dedicado a la ópera, con toda la maestría y el dramatismo que el gran tenor español pone a sus ejecuciones.
Pero donde hubo una variante, grande y predominante, fue en la intervención de la soprano acompañante, que, aunque siempre él ha sido cuidadoso en escoger, esta vez superó las expectativas, con Ana María Martínez, procedente de Puerto Rico. La muchacha, de frescura manifiesta en su joven imagen, y preciosa entonación, dejaba boquiabierto al público --formado por miles de personas--, no sólo por su refinada actuación general, sino porque entonaba formidablemente, con el aterciopelado timbre de su clara voz.
Ella también ofreció una magnífica demostración de dominio escénico y técnica vocal en cada una de sus interpretaciones, como cuando cantó el aria Le Filles de Cádiz, de Delibes, y, muy especialmente, en la ternura con que entonó Un bel di vedreno, de la ópera Madame Butterfly, de Puccini, a la que incorporó la genuina nostalgia que corresponde al papel.
Claro que un concierto así, donde hay que llenar con la ayuda de equipos altoparlantes la inmensidad de un coliseo deportivo fabricado para millares de personas --precisamente, con el objeto de aumentar las utilidades--, es difícil de definir con propiedad hasta dónde uno está escuchando la voz o la amplificación mediante el sonido digital; pero para quienes hemos tenido la oportunidad de ver a estos grandes artistas cantando en auditorios más pequeños, podemos aceptar, comparativamente hablando, la calidad y posibilidad de emitir agudos y de modular pasajes armónicos con la maestría que lo hicieron ellos, convincentemente.
La orquesta, por ejemplo --"Florida Philharmonic", dirigida por el maestro Eugene Kohn, en este caso--, se dejó escuchar con todo su potencial, en uno y otro extremo del mensaje musical, en la diversidad de sus instrumentos, repartidos en cada una de las secciones. Prueba al canto de ello fue la Obertura de la ópera "La Fuerza del Destino", de Verdi, que sonó estupendamente, sobre todo en el acoplamiento de los metales, sobre los que la sección de violines aportaba su repetitiva frase, incisivamente.
No tan brillante, sin embargo, aunque llena de sabor español, y de colorido, el intermedio de la zarzuela "La Boda de Luis Alonso”, fue de todas formas un bocadillo de gran disfrute para el público hispano de esta comarca, que aplaudió con júbilo en la segunda parte de la velada, dedicada a España. Allí, Plácido Domingo abrió el repertorio con Amor, vida de mi vida, de "Maravilla", escrita por Moreno/Torroba, e interpretada por él con gran pasión. También sobresalió el tenor en Ya mis horas felices, quiero desterrar, de "La del Soto del Parral", zarzuela de Zorozabal.
Deliberadamente he dejado atrás los duetos, porque en ellos, la combinación de ambos artistas fue espectacular y altamente deliciosa al oído de diletantes y profesionales de la música. En Giá nella notte densa, de Ottelo, de Verdi, una y otro supieron acoplar sus voces mediante una técnica que hacía posible la perfección, a pesar de los problemas de falta de acústica natural de la Arena, a que me refería anteriormente.
Ana María Martínez estuvo igualmente estupenda en De España vengo, de la zarzuela "El niño judío", donde impuso todo el autenticismo de este tipo de música. La diva puertorriqueña, por otra parte --y salto otra vez el orden en que las piezas fueron entonadas, en beneficio de su importancia--, cantó el "Lamento de María", de la zarzuela cubana "María, la O", de Lecuona, en cuya ejecución demostró la potencia y a la vez dulzura de su voz, y la musicalidad sensible de su dotes artísticas; y cuando llegaron los encoré, ella ofreció una "Salida de Cecilia", de Cecilia Valdés, de Gonzalo Roig, que fue una verdadera joya, concediéndole a la pieza, de carácter folklórico, la calidad, entonación y altura del aria de una ópera italiana.
Otros dos duetos unieron a Plácido Domingo y a Ana María Martínez formidablemente. El primero fue En mi tierra extremeña, de Luisa Fernanda --menos brillante que la otra, por su naturaleza propia--; y ¿Me llamabas, Rafaeliyo?, de la ópera española "El Gato Montés", de Penella, donde ambos se complementaron estupendamente, en el canto y la dramatización.
Entre vitores, aplausos y flores, los dos cantantes pusieron término a este extraordinario programa en la América Airlines Arena, cantando piezas del nuevo álbum de música latinoamericana de Plácido Domingo, que acaba de salir, con numerosas melodías de las Américas, particularmente de Cuba y de México, sobre el que hablamos en un trabajo anterior.
Tras un cambio de director en la orquesta (cuyo nombre no fue ofrecido), Plácido cantó como primera pieza de esta sección Quiéreme Mucho, del insigne Gonzalo Roig, al que le impartió un dramatismo particular, comenzando a cantar con la letra de la segunda parte, más arriba en entonación. Luego cantó Tú me acostumbraste, Contigo en la distancia, y Siboney; antes de terminar la noche con el Dúo de La Viuda Alegre, de Franz Lehar, poniendo broche de oro a un programa espectacular de buena música y admirable interpretación.
Por su parte, el público, que escuchaba atentamente, embriagado por la emoción que el tenor imponía a estas canciones, cantó con él algunas estrofas. Valga decir, para terminar, que entre los encoré que interpretó Plácido Domingo, solamente estuvieron presentes algunos de los del nuevo disco --calificado como grandioso, bajo el título de Quiéreme mucho--; con un énfasis especial en las piezas de los compositores cubanos--, pero su interpretación superó las expectativas, como en "Mía", de Armando Manzanero.
Nadie pudiera imaginarse el potencial de un artista dedicado a la ópera para cantar este tipo de melodía popular, aunando a la fortaleza de su voz, la suave sensualidad y el romanticismo que exige el boleto o la canción de corte amoroso, donde se ponen de manifiesto detalles inherentes al sentimiento humano.
PAGINAS
DEL AYER MUSICAL DE MIAMI
James Judd y la Filarmónica de Miami en un
glorioso Manfredo
Por Luis Felipe Marsáns
Yo creo
que a nadie pueda quedarle dudas sobre el calibre del maestro
James Judd como director sinfónico, después de haber escuchado sus
interpretaciones de Mahler y de Bruckner --así como de El Mesías, de Handel; y
Carmina Burana, de Orff--; pero en la ejecución de la Sinfonía Manfredo
(Manfred Symphony), de Tchaikovsky, que dominó el último programa de la
Florida Philharmonic, el jueves pasado en el Gusman Center for the Performing
Arts, del downtown de Miami, la estatura
del maestro inglés tiene que haber crecido para todos.
Judd no
sólo condujo la partitura con precisión, siguiendo la forma en que fue escrita
por el compositor en cuanto a su longitud --a despecho de otros directores que
la han cercenado--, sino que le supo transmitir al grupo orquestal toda la pasión
de esta obra, escrita por Tchaikovski basándose en el poema de Lord Byron.
Antes de
comenzar la interpretación, el mismo maestro hizo referencia a la posibilidad
de que esa noche fuera la segunda
vez que se escuchara aquí la Sinfonía Manfredo; y creo que no se equivocaba.
En los últimos 30 años, solamente recuerdo haber asistido a la de Guido
Ajmone-Marsan --en el pódium de la antigua Filarmónica--, a mediados la década
de 1970, pese
a que el contenido de esta
obra encierra la quintaesencia del dramatismo desgarrador que caracteriza
a la música de este compositor.
Pero
Marsan, como objetaba yo anteriormente, se dejó llevar por la tendencia de
algunos directores, en el sentido de suprimirle a la ejecución un número
sustancial de compases, sobre todo en el último tiempo, so pretexto de que la
sinfonía se alarga innecesariamente. Sin embargo, como que esos compases a que
me refiero representan la antesala del grandioso clímax del final, el flujo de
la música se sentía tronchado, saltando
directamente hacia el dramatismo más absoluto, sin que hubiera un desarrollo lógico
entre una y otra idea.
Pero
aquella ocasión no fue del todo desafortunada, no solamente porque presentaba
de manera singular la Sinfonía Manfredo --para muchos desconocida--, sino también
porque la interpretación de conjunto fue buena a
pesar de los cortes, si bien el entonces joven director tuvo que afrontar
otro problema: tocar el último
tiempo sin el órgano que dispone la partitura (porque la administración de la
orquesta pasó por alto ese aspecto), instrumento que, además de enriquecer la
obra musicalmente, en el aspecto programático representa la muerte de Manfredo.
Volviendo
a la versión de James Judd, vale la
pena destacar que él supo imprimirle todo el colorido orquestal dispuesto
por Tchaikovky --particularmente en el reiterado uso del bombo con extrema dinámica,
que algunos de sus colegas limitan--, además de transmitirle la agonía que el
compositor concedió a los violines, incisivamente, durante el tema principal,
que aparece sobre los metales al final del primero y último movimientos.
Debe
consignarse también la admirable participación solista de
Luciano Magnanini, entonando el tema inicial concedido al fagot, cuando
comienza la obra entre los lúgubres
acorde de las cuerdas, y luego en sus repeticiones; y el trabajo del Concertino
Bogdan Chruszcz, particularmente en el final del segundo tiempo; así como la
transparencia y acoplamiento de la madera en el melódico tercer movimiento.
Si bien
es verdad que Manfred Symphony sólo se ha escuchado unas pocas veces en los
conciertos de Miami, la ejecución de Judd y la Florida Philharmonic (en su
temprada de 1980) debe quedar cifrada en los anales de la música como uno de
los mejores logros, por su virtuosismo orquestal y carácter, perfectamente
comparable, en otra época, a las de
Igor Markevitch, Sir Eugene Goossens y Yevgeny Svetlanov,
y, más recientemente, Riccardo
Muti.
El
programa, que comenzó con un sonado Finlandia, de Jean Sibelius,
tuvo otro momento estelar con
la aparición de Dame Ida Haendel, como solista del Concierto de violín de ese
mismo compositor. Virtuosa violinista de sus días, Dame Haendel exhibió en
esta ocasión una magnífica técnica
y sensible musicalidad. Pero en el
segundo movimiento, el tenue pasaje a doble cuerda quedó un poco pálido.
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